Meterse a monja o entrar en un Monasterio es para quien ha optado por seguir a Jesús. Pero antes ha sentido la llamada de Dios, ha sentido la vocación a entregar su vida a Dios.

 

Y meterse a monja no es del día a la mañana conlleva todo un camino de discernimiento, de cultivar la semilla que Dios ha plantado en el corazón que al principio apenas es percibida y que necesita poco a poco ir descubriéndose, clarificándose a través de múltiples medios pero sobre todo por la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el silencio y la frecuencia de los sacramentos. Esto irá permitiendo que en este ambiente se perciba mejor a Dios, su voluntad, lo que quiere de la persona.

Son los medios aptos con los que Dios acrecienta en quien llama a su seguimiento el deseo y confianza de entregarse a Él, calentando su corazón con el fuego de su amor, animándole a poner su vida en sus manos.

Una vez que la persona da el paso y entra en el Monasterio inicia un camino con unas etapas de formación: postulantado, noviciado, profesión temporal. Todo ello encaminado a la consagración total a Dios.